jueves, 5 de marzo de 2026

HOMÚNCULOS, GOLEMS Y MASONES



HOMÚNCULOS, GOLEMS Y MASONES

                                                                                                        Por Alejandro Oscar De Salvo   


Introducción

En este trazado abordaré los objetivos y las posibles desviaciones del labrado de la piedra en bruto. 

La masonería propone un trabajo de perfeccionamiento humano que exige el esfuerzo consciente, la transformación progresiva del carácter, la rectificación interior y, en última instancia, la regeneración de la naturaleza humana. Todo esto mediante la incorporación y el desarrollo de virtudes y la erradicación de vicios.

Sin embargo, el método masónico de promoción humana, como todo método, admite deformaciones, malas interpretaciones y usos parciales o incorrectos. No todo aquel que transita un taller avanza realmente en su construcción interior o lo hace en la medida esperable para un iniciado.

Para examinar esas desviaciones utilizaré, como lenguaje simbólico representativo, dos figuras provenientes de la tradición esotérica occidental: el homúnculo y el golem. Ambas figuras, aunque poco usadas en el vocabulario masónico habitual, permiten ilustrar con claridad dos formas distintas de fracaso en el trabajo iniciático.


A) Definiciones y uso simbólico

1. El homúnculo 

El término proviene de la tradición alquímica renacentista, particularmente asociado a Paracelso. Designa un “pequeño hombre” creado artificialmente en un laboratorio mediante procedimientos destinados a imitar la generación natural.

El homúnculo es un producto técnico y no fruto de una maduración orgánica; depende de un creador humano, simula humanidad pero no alcanza plenitud humana, y su vida es inducida externamente en lugar de desarrollarse desde una interioridad autónoma.

Como metáfora masónica

En clave simbólica, el homúnculo representa al iniciado que adquiere forma externa de masón, maneja lenguaje ritual y repite conceptos doctrinales, pero no ha realizado transformación interior alguna. Es el masón producido por el sistema y no generado por el trabajo consciente sobre sí mismo. Permanece en el mismo estado en que se encontraba al ingresar, aunque revestido de signos, toques, palabras y formalidades rituales que sugieren elevación sin haberla alcanzado. Posee investidura, pero no substancia; exhibe apariencia de progreso, pero no progreso real.

Su desviación consiste en confundir incorporación de formalidades con construcción interior. Cree que pertenecer y participar equivalen a labrar la piedra bruta y transformarse.


2. El golem

El golem es una figura de la mística judía centroeuropea. Se trata de un ser modelado en barro o arcilla al que se le insufla movimiento mediante fórmulas sagradas o combinaciones simbólicas del Nombre divino. Es, en esencia, materia inerte animada externamente para cumplir una función específica.

Sus rasgos característicos son claros: surge de una materia sin vida propia, recibe animación desde afuera, posee fuerza considerable para ejecutar tareas, pero carece de voluntad autónoma. Actúa mecánicamente y su obediencia es absoluta.

Como metáfora masónica

Trasladado al ámbito logial, el golem representa al hermano que cumple el ritual con precisión, asume cargos con diligencia y ejecuta funciones administrativas con eficiencia, pero carece de discernimiento interior. 

No simula progreso como el homúnculo; simplemente funciona. Es útil para la logia, es útil para la Orden, pero es inútil a la hora de impulsar su crecimiento personal.

Su desviación no es la apariencia intelectual, sino el mecanicismo. Confunde regularidad con evolución, actividad con crecimiento y obediencia formal con maduración espiritual. Suma eficacia a la estructura pero es incapaz de dejar atrás al hombre profano que fue.


C) Contraste con el masón auténtico

La masonería especulativa propone labrar la piedra bruta como proceso de perfeccionamiento humano. Ese perfeccionamiento implica integración de razón, voluntad y conciencia; autonomía moral; discernimiento; eficiencia práctica unida a rectitud interior.

El masón auténtico no es un homúnculo, porque no es producto artificial del sistema ni simple repetidor de fórmulas. Tampoco es un golem, porque no actúa mecánicamente por la mera automaticidad del ritual. Trabaja sobre sí mismo con deliberación. La transformación no le es inducida: la asume y se ocupa de llevarla a cabo.

En términos antropológicos puede decirse que el homúnculo carece de maduración, el golem carece de interioridad, y el masón auténtico desarrolla simultáneamente forma y esencia. La forma ritual no sustituye el fondo; lo expresa cuando ha sido conquistado.

Aquí la perfección es humana: ética, intelectual y operativa. Consiste en devenir un hombre que integra comprensión, juicio moral y acción, que es consciente de sus defectos y comprometido con una rectificación efectiva en el marco de una mejora constante.

El error no está en el ritual ni en la estructura; está en creer que ellos sustituyen el trabajo interior, que sólo puede hacerlo la propia persona.

Vale aquí recordar que en términos éticos y funcionales la logia está por delante de sus miembros. Y esto presupone -y en los hechos muchas veces determina- que haya HH.·. que reciben sus aumentos de salarios por necesidades del taller y no por sus avances en materia de desarrollo personal.

Reflexionar sobre esas circunstancias permite imaginar los  efectos que se producen en los masones que avanzan en sus grados por servicios prestados al taller sin encontrar un correlato en su mejora interior.


D) El masón trascendente y la divinización del ser

Existe, no obstante, una distinción adicional. Hay masones que entienden el perfeccionamiento como elevación ética y maduración racional. Y hay otros que, creyendo en un Dios Creador y Providente, consideran que el trabajo iniciático puede constituir también una vía de divinización del ser.

En esta segunda perspectiva, el horizonte se amplía. No se trata solo de pulir la piedra en términos morales, sino de restaurar en el hombre su dimensión trascendente, regenerar el propio ser y orientarlo hacia su destino último.

Desde esta óptica, el homúnculo se convierte en la caricatura del hombre que pretende producir vida espiritual por medios técnicos, como si la trascendencia pudiera fabricarse. El golem representa al que supone que la obediencia formal o la acumulación de funciones equivale a elevación espiritual.

El masón trascendente, en cambio, orienta su trabajo hacia la unión con el Principio, siendo consciente de la inmortalidad del alma y de la responsabilidad que ello implica.


Síntesis del problema

El homúnculo y el golem representan dos desvíos posibles del camino iniciático: la artificialidad y el mecanicismo. El primero reduce la masonería a discurso sin transformación; el segundo la reduce a función sin evolución.

El masón auténtico evita ambos extremos mediante trabajo consciente y perseverante, persiguiendo la perfección humana. 

Y para quien así lo conciba, ese mismo trabajo puede proyectarse más allá de la ética e ingresar en una dimensión trascendente. 

En este campo, la visión del hombre y el templo interior que construye el masón se entrelazan con el vínculo presente y futuro que aspira a establecer con el G.·. A.·. D.·. U.·.; y la inmortalidad del alma juega como un potente motivador de su trabajo.


Solución práctica

El método masónico de desarrollo humano es abierto. Ofrece una metodología de trabajo que permite -y en la actualidad exige- nutrirnos de los conocimientos profanos que aporta la ciencia. 

Los masones desprevenidos que imaginan que en el siglo XXI es posible aprovechar el método masónico sin planificar y ejecutar un programa definido de crecimiento personal que lo complemente y articule, tarde o temprano se llevarán una gran desilusión. 

Dichos masones creen que pueden concretar un proceso sólido de crecimiento personal con sólo escribir las planchas que les piden los Vgts.·. y escuchar los trabajos que se leen en las dos tenidas mensuales que habitualmente celebran las logias. 

Otros masones, aún más desorientados, ni siquiera se han puesto a reflexionar sobre este vital asunto.

En el caso particular de los maestros, la experiencia muestra que suelen trocar el labrado de la piedra en bruto por el cumplimiento de las tareas propias de la oficialidad, que es justo reconocer llevan considerable tiempo y esfuerzo que se suma a las actividades profanas. 

Por lo tanto, es necesario exponer de manera explícita que quien desee elevar consistentemente su dimensión humana tendrá que afrontar la tarea de planificar su trabajo de mejora personal y llevarlo a cabo de manera efectiva.

Esto exige valerse de métodos que permitan profundizar el autoconocimiento, nadie puede mejorar lo que no conoce. 

Asimismo, requiere manejar el catálogo de las múltiples virtudes existentes, aprender los mecanismos para incorporarlas e incrementarlas, planificar con acierto el trabajo a realizar y ejecutarlo con eficiencia. 

Los objetivos que enseña la masonería solo pueden ser alcanzados por quienes trabajen de manera ardua, planificada y constante.

¿O acaso alguien puede sostener razonablemente que un masón alcanzará la perfección humana mediante un trabajo desorganizado, esporádico y prescindiendo de la ciencia, mientras que un futbolista profesional necesita prepararse de manera sistemática, constante y científica para competir en el deporte de élite? 



Alejandro Oscar De Salvo

Buenos Aires, 05/03/2026