EL G.·. A.·. D.·. U.·. Del Símbolo al Principio Operativo
Por Alejandro Oscar De Salvo
El Gran Arquitecto del Universo, o G.·. A.·. D.·. U.·., constituye el eje simbólico de la Masonería y se distingue por su amplitud y profundidad interpretativas que permiten articular diversos niveles de trabajo masónico.
En una primera dimensión, el símbolo se integra con éxito en el sistema formativo de las Órdenes Simbólicas como principio orientador para el desarrollo moral e intelectual. Desde esta perspectiva de carácter humanista, el G.·. A.·. D.·. U.·. funciona como un ideal de perfección y un referente ético que guía al iniciado en el perfeccionamiento de su carácter y en su compromiso con la sociedad.
Sin embargo, más allá de esta función pedagógica, el símbolo revela su verdadera potencia en la perspectiva iniciática. Aquí, el G.·. A.·. D.·. U.·. deja de ser una formulación conceptual para convertirse en un recurso operativo central para el trabajo esotérico.
Bajo esta mirada, el símbolo actúa como el fundamento de una vía operativa de trabajo espiritual que permite la relación efectiva con un Principio Superior, facilitando procesos de transmutación interior que trascienden la mejora de la personalidad para alcanzar la realización del ser.
El símbolo admite ideas diversas, tales como la de un principio creador, una inteligencia ordenadora del cosmos, la naturaleza o Dios. De esta manera, incluye las concepciones deístas y teístas sin vincularlas a religiones determinadas.
Este concepto flexible permite, desde hace cientos de años, reunir en un mismo espacio a masones que lo interpretan según su propia visión cosmogónica, sea como una instancia superior o como el Dios de su propia confesión religiosa.
El G.·. A.·. D.·. U.·. fue concebido por la masonería especulativa como una fórmula de convergencia necesaria durante la transición europea de los siglos XVII y XVIII.
En aquel escenario de graves disputas religiosas, filosóficas y políticas, la masonería aportó un ámbito de encuentro donde hombres con profundas diferencias pudieron convivir bajo principios de tolerancia y respeto. De este modo, el acrónimo surgió para ofrecer una referencia común que permitiera la coexistencia sin eliminar la diversidad de convicciones.
Con esa finalidad, el símbolo funciona como un concepto deliberadamente abierto. Esta apertura no implica necesariamente un vaciamiento de su sustancia, sino una forma de preservar la unidad sin imponer uniformidad.
En el análisis de este proceso histórico es fundamental advertir que la génesis del concepto G.·. A.·. D.·. U.·. no respondió a una voluntad de laicismo en el sentido moderno, sino que fue una propuesta de síntesis impulsada por dos religiosos: el pastor presbiteriano James Anderson y el clérigo anglicano Jean Théophile Desaguliers. Su objetivo fue preservar la dimensión sagrada del rito, situándola por encima de las contingencias dogmáticas de su época.
De este modo, el G.·. A.·. D.·. U.·. se instituyó como un símbolo capaz de albergar tanto una lectura ética como una realidad trascendente y operativa. Esta última constituye el fundamento del esoterismo masónico.
La coexistencia de estas alternativas le brinda al iniciado la posibilidad de elegir libremente si desea trabajar en un plano estrictamente intelectual o si prefiere establecer una relación efectiva con el Principio Creador, participando de Tenidas que aspiran a constituirse en verdaderas vías de transmutación espiritual.
Desde el punto de vista simbólico, la figura del “Arquitecto” evoca la idea de un Geómetra en un universo regido por orden, proporción y ley, en continuidad con la tradición de los antiguos constructores.
No obstante, la progresiva inclinación hacia interpretaciones exclusivamente abstractas ha generado un desplazamiento ideológico global.
Durante la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI, muchas estructuras masónicas fueron reordenadas bajo marcos filosóficos y culturales predominantes en el mundo profano. Este proceso ha modulado el modo en que los símbolos son comprendidos, privilegiando su dimensión conceptual en detrimento de su dimensión operativa.
Conviene precisar que toda interpretación simbólica implica abstracción; lo que varía no es su carácter abstracto, sino el alcance operativo que dicha formulación habilita.
Hoy, mientras las interpretaciones carentes de dimensión operativa gozan de plena aceptación, aquellas que adhieren a un Principio Superior capaz de vincularse con el ser humano tienden a ser relegadas o subestimadas, atribuyéndoseles injustamente un "dogmatismo" ajeno al modo en que un masón vive su fe.
Este corrimiento no es inocuo. Al perderse la referencia a un Principio Superior con el cual el obrero masón puede entablar una relación efectiva, la dimensión iniciática se diluye en un ejercicio de carácter psicológico y el trabajo masónico pierde la posibilidad de configurarse en una vía de transmutación espiritual y se agota en un sistema humanista.
Esta situación limitante provocó que la masonería prácticamente dejara de ofrecer a sus miembros uno de los más poderosos sistemas de desarrollo humano conocidos hasta la fecha.
En definitiva, el G.·. A.·. D.·. U.·. constituye el símbolo central del sistema propuesto por la masonería para la autorrealización espiritual de sus miembros, en cuanto expresa la referencia a un Principio Superior que funda el orden del universo y orienta el trabajo del iniciado.
En su sentido verdaderamente iniciático, el G.·. A.·. D.·. U.·. no se agota en una formulación simbólica que sólo aborda el plano teórico, sino que remite a una realidad operativa.
Antes de finalizar, conviene precisar un punto que suele dar lugar a confusiones. Cuando se habla de un Dios personal, en lenguaje técnico no se alude a un dios antropomorfo ni a una representación de Dios como figura humana, sino a un Principio Supeior dotado de Inteligencia, Voluntad, Individualidad y capacidad de relación. Equiparar la expresión “Dios personal” a una figura humana constituye un error conceptual ajeno al sentido iniciático del término.
Aclarado ese punto, están dadas las condiciones para sostener, a modo de conclusión, que interpretar al G.·. A.·. D.·. U.·. como un Dios personal -vale decir, un Principio Superior con Inteligencia, Voluntad y Capacidad de Relación- constituye una condición esencial para el desarrollo del trabajo esotérico masónico.
En consecuencia, impulsar con energía esta perspectiva resulta imprescindible para que el campo iniciático recupere el vigor y el brillo de su historia, revitalizando la vía de transmutación interior que ha hecho posible, por siglos, la realización espiritual del masón.
Buenos Aires, 16 de abril de 6026 V.·. L.·.

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